Dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española en su acepción sexta que “aparejo” es la “forma o modo en que quedan colocados los materiales en una construcción”. Nótese que seguimos utilizando la palabra “aparejador” para designar al arquitecto técnico en general, entendiendo que es en su figura sobre quien recae la responsabilidad de velar por que los materiales sean correctamente dispuestos en la obra.

Desde antiguo aparejar los materiales ha sido la clave para obtener sistemas constructivos competentes para acometer la construcción de edificios y obras públicas. Hasta la aparición de los nuevos materiales (hierro y cemento portland) y la industrialización el aparejo de un muro, bóveda o cúpula gobernaba la forma en que se ejecutaba un edificio, condicionando su estética, estilo e imagen definitiva en muchos casos. La estabilidad de un muro de fábrica está supeditada en gran medida a su correcto aparejo pues aumenta, no tanto por el material utilizado sino por el modo en como se dispone para construir el elemento.

Sirva esta entrada como punta de lanza de una serie de ellas donde se muestre la diversidad de aparejos para estructuras de fábrica que tenemos dispersos por la ciudad y que resumen la inteligencia, el conocimiento, las costumbres y el buen hacer de los arquitectos, constructores y albañiles que nos precedieron.

Mostramos en la entrada de hoy un aparejo básico para entender la historia de la construcción: el aparejo de adobes. Un ladrillo de adobe es una pieza paralelepipédica fabricada en barro de tierras seleccionadas mezclado con paja, sin cocer y secada al sol que tiene un tamaño variable pero siempre pensado para manejar con una sola mano. Su origen es incierto pero se sabe que ya la cultura mesopotámica dominaba la técnica de fabricación de ladrillos de adobe.

Los ladrillos de adobe se aparejan para construir un muro de forma idéntica a los cerámicos, normalmente a soga (con la arista más larga en horizontal y puestos de plano) generando juntas horizontales continuas, llamadas “tendeles” y juntas verticales discontinuas, llamadas “llagas”. Se reciben tradicionalmente con mortero de barro y todo el conjunto se revoca más tarde para generar los acabados que se persigan. El sistema resultante es perfectamente transpirable y muy elástico, adaptándose a los inevitables movimientos de las estructuras tradicionales y dota a las estancias que cierra de una inercia térmica descomunal que colabora activamente en el confort higrotérmico de los espacios vivideros.

En la imagen expuesta, que pertenece al inmueble situado en la calle Ave María nº 16 durante las obras que se están ejecutando, con ayuda del Consorcio de Área de Rehabilitación Preferente, bajo la dirección de la arquitecta Dña. Ana María Peña y el arqueólogo D. Antonio Zorrilla, observamos un buen ejemplo de este tipo de aparejo con ladrillos de adobe de 44 x 22 x 9 cm, cuyo lado largo constituye el espesor del muro. El aparejo tiene la singularidad de utilizar trozos de ladrillo cerámico dispuestos de canto para rellenar las llagas,  quedando el mortero de barro confinado en los tendeles, de 2 cm de espesor. También puede observarse en la zona inferior-derecha de la foto un revoco de barro que revestía el muro para proteger el aparejo.

El adobe supone un material barato, que genera sistemas constructivos humildes, pero con magníficos resultados como lo atestigua nuestro patrimonio. Desde aquí queremos romper una lanza en favor del adobe, material ampliamente utilizado en las casas del Casco Histórico de Toledo durante siglos, que ha demostrado su eficiencia y durabilidad y que injustamente es considerado como un material deleznable, viejo e inconsistente y demasiado frecuentemente se prescribe la inmediata eliminación de las estructuras con él construidas cuando la mayor parte de las veces es recuperable y continúa desempeñando su función con solvencia.

por Pablo González Collado