Los martes y jueves toca visita. Caminar por la ciudad, calles, plazas, callejones, entrar en pisos y casas. Hablar con la gente, planificar obras de rehabilitación futuras, explicar las ayudas existentes. Una hora entre visita y visita, a veces hay que echar una carrera entre un punto y otro de la ciudad para llegar a tiempo, sobre todo si la obra que se pretende hacer es grande o compleja, o si las dudas planteadas también son de envergadura. Si la obra es sencilla la explicación es breve y sobra tiempo, es momento por tanto de espera hasta la siguiente visita, tiempo de tomar notas y reforzar por escrito lo observado. Sin embargo hay veces, las menos, en las que la espera se convierte en un breve reposo, ese subir y bajar cuestas o el paseo interior, arriba y abajo, desde el sótano a la azotea de nuestras casonas deja un poco exhausto al técnico visitador.

Tordos sobre un tendido eléctrico. Toledo

Estos días pasados tuve la oportunidad de parar un momento, entre visita y visita, allí abajo en la Cornisa, en la Plaza de Don Fernando. A mitad de plaza, entre dos cipreses ya talluditos, hay un discreto banco de fría piedra berroqueña que acoge con gélido apoyo mi alma cansada de estos días. Todo está tranquilo a mi alrededor y me entretengo mirando, manías del oficio, fachadas y aleros, … sin embargo arriba, en los tejados, hay un barullo de mil demonios. Sobre los tejados de la plaza corre, casi retorcido, un viejo tendido eléctrico, quizás sin uso. Sobre él cantan, en complicada sinfonía, varios enlutados tordos, … no me extraña: al mirar abajo me ven taciturno, entre dos cipreses y sobre una losa de granito. Es momento de cambiar de tercio, sonreír un poco y “cantar” con los tordos, vuelvo a ponerme en marcha y tiro por el Pozo Amargo hacia arriba. Puede que en la próxima visita me esté esperando un artesonado oculto, una galería subterranea romana, una yesería de estrellas, … o un simple plato de ducha. La incógnita me hace apretar el paso. Complejo unas veces, humilde otras, mi trabajo diario es un regalo, es un privilegio trabajar en una ciudad como Toledo.

Jose María Gutiérrez Arias