Recientemente, la Unidad Técnica del Consorcio tuvimos acceso a las cubiertas de la iglesia del monasterio de San Juan de los Reyes (agradecemos su deferencia al padre franciscano D. Carlos Bermejo y al hermano D. Jesús Simón). Quisiéramos aprovechar estas líneas para mostrar y comentar brevemente las soluciones constructivas de cubierta que posee el edificio actualmente y que difieren radicalmente de las que en origen tuvo.

Como puede observarse en las fotos aéreas los sistemas de cobertura son dos: teja árabe para la nave principal y el cimborrio y lámina de chapa de cinc para el crucero y el ábside.

Aérea

Axon

 La nave principal de la iglesia fue rehabilitada por el Ministerio de Cultura en la segunda mitad del siglo XX debido al pobre estado de conservación de las cubiertas existentes de estructura de madera, las cuales ni siquiera sabemos si eran originales pues el edificio sufrió un incendio provocado por las tropas francesas del General Dupont durante la Guerra de la Independencia de principios del XIX que quizá deteriorara la cubierta primitiva. Sabemos que a lo largo del siglo XIX se acometieron obras profundas de recuperación del edificio, por lo que es probable que se sustituyera la cubierta original por otra de madera. El Ministerio de Cultura sustituyó ésta por un sistema de cerchas metálicas apoyadas sobre zunchos de hormigón armado tal y como se aprecia en las dos imágenes siguientes.

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 Se accede a la cubierta del ábside por una trampilla al noreste del tejado. Se optó durante la rehabilitación que tuvo lugar en el cimborrio por cubrir los arcos y bóvedas del crucero con una lámina de cinc engatillada que garantiza la estanquidad del edificio y confiere el color grisáceo observado en la foto aérea.

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Para no extendernos más les dejamos un par de videos donde poder recorrer virtualmente las cubiertas de la iglesia del monasterio de San Juan de los Reyes.

                                                                                                                                                                                                                                                          por Pablo González Collado