“La necesidad de nomadeo de estas gentes, acostumbradas a buscar el agua allí donde se encontrara, desapareció al llegar a tierras en las que el agua era abundante. Se hicieron sedentarios y su tienda fue sustituida por una construcción permanente que no era necesario volver a desmontar jamás” (Enrique Nuere Matauco)

Hamete Xarrafi, alfaquí de Tulaytula, sesteaba plácidamente recostado en un cómodo diván. Sobre su cabeza, mirando hacía arriba, observa las lacerías del techo y disfruta de la fresca umbría que el forjado de madera crea a su alrededor. Su mente, sus pensamientos, vuelan lejos, a medias despierto, otro tanto dormido, recuerda las historias de sus abuelos, nómadas del desierto… Una tienda en el desierto, las telas acunadas por la caricia del viento proporcionan intimidad en la inmensidad desnuda del arenal. Esas telas decoradas con lacerías, entrelazadas en un juego geométrico sinfín, se han convertido ahora, en la casa de Hamet, en abigarradas azulejerías que protegen los bajos de los muros. A media altura, en labores de yesería labradas por manos de hábiles alarifes. En lo alto, en tableros de madera ataujerados con ruedas de estrellas de carpinteros de lo blanco. Las ricas alfombras extendidas sobre la arena son ahora suelos de barro cocido y esmaltados colores, espiguillas de ladrillo, baldosas con urdimbre de cuerda seca. Los leopardos que flanqueaban los cojines del señor del desierto siguen vigilando ahora, pétreos y fieros, escondidos entre las yeserías. Hamet siente por un momento el frescor del estanque del oasis frente al que estaba montada la jaima de sus ancestros, el ruido del agua le hace abrir por un instante los ojos y contemplar la fuentecilla situada en el centro del patio. El palacio, el salón donde la hospitalidad de su casa se hace recuerdo del gran espacio central de la tienda, lugar para recibir al viajero o la visita. Las alcobas laterales, la marca indeleble de los dos extremos bajos de la tienda, refugio mínimo de intimidad.

Hamet duerme largo rato, al despertar, la noche se ha hecho dueña de la casa, desde su diván vuelve a mirar a lo alto, arriba, hacia la caja del patio, sobre la nocturna bóveda celeste se despliegan miles de estrellas, esas mismas estrellas que vieron sus abuelos sentados a la puerta de la tienda del desierto.

Jose María Gutiérrez Arias

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